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El urogallo cantábrico y los Agentes Medioambientales de la montaña de León.

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Rastreo de presencia de urogallo en la montaña leonesa

Pocas especies de la fauna ibérica despiertan tanta admiración y están tan unidas al bosque atlántico de montaña como el urogallo cantábrico (Tetrao urogallus cantabricus). Solo decir que es la única subespecie de T. urogallus (de las doce repartidas por toda Eurasia), que desarrolla su ciclo vital exclusivamente en bosques templados de hoja caduca: hayedos, robledales y abedulares. La especie llegó a la Península Ibérica con los hielos norteños de las últimas glaciaciones del Cuaternario y, cuando el frío y las coníferas se retiraron, quedaron recluidos en los reductos más eurosiberianos de la Cordillera Cantábrica, Sistema Ibérico Norte y Pirineos. Existen excepciones en La Cantábrica de poblaciones de gallos en pinares relictos o plantaciones de pino albar (Pinus sylvestris), como es el caso del Pinar de Lillo o el de Velilla, hoy en día núcleos extintos.
La situación actual del gallo de monte en la Cordillera Cantábrica pasa por el peor de sus momentos desde que se tienen registros. Declarada en Peligro de Extinción desde el año 2005 y en Peligro Critico desde julio de 2017, y a falta de un censo oficial por parte de las Administraciones, la especie ha sufrido una reducción de su área de distribución en más de un 70% desde los años 80. Actualmente solo existen dos núcleos reproductores viables: uno en el suroccidente asturiano (valles de Degaña, Narcea e Ibias) y otro en el noroeste de León (Alto Sil y Omaña). Las poblaciones más orientales de ambas vertientes de La Cordillera han tocado fondo, apareciendo puntualmente ejemplares aislados en Aller, Caso y Ponga (Asturias), en Lillo, Sajambre y Valdeon (León) y en Liébana (Cantabria), pero con escasa importancia para la supervivencia de la especie. Idéntica es la situación de las poblaciones asentadas en los melojares mediterráneos de los valles de Boeza y Cepeda (León), las mas sureñas de todo su área de distribución. Las poblaciones de los Ancares leoneses y lucenses, de La Montaña Palentina y del centro de Asturias (Somiedo, Teverga, Quirós y Lena) se dan por extintas.
Rastro de urogallo en nieve

El por qué de esta situación, lleva años barajándose como una mezcla de causas (la mayoría de origen antrópico), pero ninguna de ellas demostrada, hasta el momento, por la ciencia: matorralización de sus hábitats óptimos, incremento de los depredadores y de los competidores (herbívoros domésticos y salvajes), exceso de presión cinegética sobre los machos (hasta el año 1979, cuando se prohibió su caza) y furtivismo (a partir de aquel momento y hasta nuestros días); destrucción y fragmentación del hábitat (incendios, aprovechamientos forestales, infraestructuras…), mortalidad no natural y molestias por parte del ser humano (actividad cinegética y agroganadera, de nuevo infraestructuras..., actividades turísticas, fotografía…), y alteraciones en el clima provocadas por el Cambio Climático, sobre una especie boreal en el límite meridional de su área de distribución.
Entre el año 2010 y el 2016 las administraciones implicadas pusieron en marcha un proyecto Life (financiado en parte por la Unión Europea, por el Ministerio de Medio Ambiente y las Comunidades Autónomas) con el objetivo de esclarecer los motivos que habían llevado a la especie a esta situación e intentar frenar tan acusado declive. Los esfuerzos, tanto materiales como personales, se centraron principalmente en la ejecución de tratamientos selvícolas en el hábitat del ave, en la puesta en funcionamiento de un centro de cría en cautividad para la especie en Sobrescobio (Asturias), en la captura y marcaje de ejemplares en su medio natural -así como la liberación de aquellos nacidos en el centro de cría (tres ejemplares liberados en 6 años)-, en la sensibilización y educación sobre la especie, y en la elaboración de manuales de manejo de hábitat, de control de predadores y competidores, y de cría en cautividad.
Transcurridos siete años desde la puesta en marcha del Proyecto Life, y tras emplear 6 millones de euros en el desarrollo del mismo, la situación es incluso más critica que la inicial, al no haberse encontrado las causas reales del descenso de la población (ni demostrado las hipotéticas) ni haberse frenado la reducción del número de ejemplares ni del área de distribución.
Y ante un panorama tan desolador como éste, ¿qué trabajo realizan los Agentes Medioambientales para revertir una situación tan adversa?
Lo primero es saber dónde sobreviven los últimos urogallos. Para ello los Agentes Medioambientales realizan recorridos en los mejores fragmentos de bosque (los más maduros) en busca de excrementos (durante todo el año), plumas (en época de muda) y de huellas (en invierno, sobre la nieve) que permiten obtener una información aproximada de la presencia de núcleos estables de población.
Recogida de excrementos de urogallo

Una vez localizados aquellos enclaves con presencia estable de la especie, se realizan censos “al canto” de machos en época de celo, así como batidas estivales (en algunos casos con perros de muestra) para poder determinar la productividad de las gallinas reproductoras (número de inmaduros que acompañan a cada hembra). Durante el año del 2017 también se han recopilado excrementos y plumas para poder llevar a cabo la individualización genética y establecer un número mínimo de ejemplares, así como su grado de consanguinidad.
Recogida de plumas de urogallo

Del mismo modo, colaboran en los trabajos de captura, marcaje y seguimiento de los ejemplares radiomarcados, así como en la aclimatación y liberación de los individuos procedentes de la cría en cautividad y su posterior seguimiento.
Como único personal funcionario “de campo” de la Administración, los Agentes Medioambientales intervienen en la planificación y seguimiento de tratamientos sobre el hábitat o cualquier tipo de aprovechamiento u obra forestal en zonas con presencia de la especie, informando sobre la idoneidad de los trabajos, al ser los mejores conocedores del terreno y sus particularidades.
Además, durante el desarrollo de estas labores, de carácter técnico, se realiza simultáneamente una labor policial, mediante la vigilancia sobre posibles casos de furtivismo (cada vez más escasos), y de actividades relacionadas con la fotografía y el turismo de observación de fauna (cada vez más frecuentes).
Durante los últimos años han estado presentes en las campañas de educación ambiental, así como en los voluntariados desarrollados en zonas urogalleras en el marco del Life Urogallo. Dentro de dicho Proyecto, las Asociaciones de Agentes Medioambientales de León y Palencia participaron en el Programa de Custodia del Territorio, mediante la instalación y cesión de colmenares móviles a apicultores locales para favorecer la polinización de especies vegetales propicias para el urogallo.
En definitiva, a través de su trabajo diario, y a pesar de la grave carencia de efectivos en las zonas de montaña de la provincia (algunas de ellas de gran importancia medioambiental), los Agentes Medioambientales de León constituyen una pieza fundamental en la difícil tarea de salvar de la extinción a una de las aves más amenazadas y que más pasiones levanta de nuestra fauna norteña.

Puedes visitar esta galería de imágenes si quieres ver algunas de las tareas que los Agentes Medioambientales realizamos en pro de la conservación de esta emblemática y casi extinta especie.

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